El Soldado de Tudelilla: “Seguiré luchando por mantener la tradición del vino en porrón”

Miércoles, 17 Octubre, 2018

Es el soldado que solo tuvo por lanzas sardinas y guindillas, el que emitió una única orden durante sus más de 55 años de combate junto a las tropas hosteleras de La Laurel: “Beber el vino en porrón”. Ha batallado por preservar esta tradición durante casi medio siglo y, aunque ahora ha llegado el momento de pasar a la reserva, promete que seguirá luchando por mantener esta costumbre. Su nombre es Manolo García Nájera, pero todos le conocen como ese hombre afable que, hasta el viernes 12 de octubre, regentó El Soldado de Tudelilla, en la Calle San Agustín, en La Laurel.

A punto de cumplir los 70 años ha decidido que ya es momento de descansar, aunque rebosa energía por los cuatro costados. Así lo ha demostrado durante todo este tiempo en su bar, pero también en las numerosísimas apariciones en los medios de comunicación durante las últimas semanas. Especialmente el pasado jueves, cuando sus compañeros de la Asociación de Hosteleros de la Zona Laurel le rindieron un homenaje. “Si llego a saber que esto iba a tener tanta expectación, me jubilo antes, lo digo hace un año”, comenta, entre risas, mientras se hace hueco entre las personas que se agolpan en el establecimiento, ya que todos han querido aprovechar los últimos días de apertura de El Soldado de Tudelilla para despedirse de Manolo.

Empezar a charlar con “El Soldado” se antoja complicado: felicitaciones por su entrevista en la radio y apariciones en periódicos y televisiones, despedidas, agradecimientos, citas para el futuro… A todas atiende con la más sincera sonrisa. La misma que luce explicando cada una de las fotografías que visten las paredes de su bar. En ellas no solo hay un recorrido por su vida y la historia del establecimiento, también regalan una viaje al pasado de la Calle Laurel. “Ahí estoy en La Chatilla, el bar que abrió mi abuelo Moisés. Todos los nietos le ayudabamos haciendo pequeñas cosas como doblar servilletas”, recuerda, sentado en una de las pocas mesas que conforman el comedor. “Eramos muy pequeños y no hacíamos nada del otro mundo, pero ahí estábamos arrimando el hombro”, puntualiza. La estirpe hostelera continuó con su padre, que regentó El Mere, en la calle San Juan. “Ahí ya empecé a trabajar en el mostrador, a hacer recados -dice, mientras señala una fotografía-, a ir a la plaza… ¡Y a los 14 a currar como uno más!”.

A mediados de los 80, Manolo se hizo cargo de El Soldado de Tudelilla, donde ya entonces servía el pincho por el que siempre ha sido conocido: un bocatita de sardina y guindilla. Su carta la completa la ensalada de tomate, el chicharro, los embutidos variados y el queso. “Esto es lo que había antes”, explica. “Los restaurantes son algo relativamente nuevo porque lo que existía eran las casas de comidas. Y allí lo que te servían eran la comida que tú llevabas de casa, lo que te ponía tu madre o tu mujer para comer. Luego ibas a la casa de comida, te lo calentaban y pedías una cebolleta, un poco de lechuga, un tomate, una guindilla… Y el porrón, claro”, rememora. "Eso hay que preservarlo, aquí siempre se ha bebido a porrón, y yo seguiré pelando por mantener la tradición".

Interrumpe el relato su hijo que, ataviado con el mandil, se acerca a preguntar lo que se debe en la barra. Casi no le da tiempo a acabar la frase. Manolo está pendiente de todo y enseguida echa la cuenta. “Él no quiere seguir con el negocio. Y es normal, las rentas son un problema, son muy altas. Cuando yo vine aquí solo había otros tres bares: Carabanchel, La Florida y Las Cubanas. Ahora hay 30. Y se ha pasado de pagar 200 pesetas por el alquiler a 2.500 euros. Es mucho, mucho dinero”, comenta. Otro de los problemas, añade, es que ha cambiado el concepto. “Antes los negocios eran algo familiar. Ahora eso ya es imposible, tienes que contratar gente, asegurarlas, pagar la seguridad social… Y al final no salen las cuentas porque solo se trabaja bien los viernes y sábados”.

Aún así, asegura que él ha contado con un clientela muy fiel que le ha visitado casi a diario durante sus más de tres décadas en la barra de El soldado de Tudelilla. Muchos de ellos se acercan a saludarle durante la conversación y bromean con “encasquetarle” a sus nietos ahora que se va a jubilar. “Nada, nada, que comen mucho queso. Pero ya nos vemos almorzando por ahí”, le asegura. “Este es uno de esas tres o cuatro cuadrillas que quedan de toda la vida, de los de siempre, los genuinos, de los que han estado conmigo desde el primer día y siempre han venido aunque no tuvieran ni un duro. Da igual si era invierno, verano, si caían chuzos, si nevaba, si granizaba…”, explica. “Esa gente se lo merece todo, es la gente a la que quiero y a quienes más voy a echar en falta. Los turistas, los que vienen de paso, está de maravilla; pero no es lo mismo. A mis cuadrillas sí las voy a echar de menos”, dice, emocionado.

También le tiembla la voz al relatar uno de los días más especiales durante su trayectoria en El Soldado de Tudelilla. “Recuerdo con especial cariño el día que vino Lorenzo Cañas con toda la Cofradía del Pez. De eso hará unos 14 años. Fue una sorpresa, no esperaba a nadie y llegaron todos aquí en San Bernabé a cantarme. Muy bonito, fue muy bonito”, cuenta Manolo, quien también añade a su lista de recuerdos cada navidad. “Siempre vienen a cantarme la canción más bonita del mundo, la de “Me gusta mi novia”. Y es que solo con recordarlo ya me dan ganas de llorar”, comenta, con una inmensa sonrisa.

Manolo no tiene planes de futuro. No tiene una jubilación programada. Solo garantiza que no será uno de esos jubilados que se marchan a Benidorm. “No sé que voy a hacer, no he pensado nada más allá de las cinco cenas que tengo preparadas con los amigos”. Ya no le tocará servir, pero el vino, a buen seguro, se beberá en porrón.

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